Domingo XV del Tiempo Ordinario

Ambientación inicial:

Bienvenidos a la celebración de la Eucaristía. Nos reunimos en nombre de nuestro Dios-Comunidad para escuchar su Palabra y llenarnos de su amor misericordioso. Con los hermanos renovamos el ánimo y la fuerza para vivir como testigos de la misericordia en la vida, atentos a las necesidades de todos los que necesitan de la luz y del cariño del Padre.

Dejemos que su Espíritu nos llene y con nuestra forma de vivir proclamemos lo grande que es su Amor.

Ambientación a la Palabra:

La palabra de Dios siempre cumple su misión de iluminar la vida y transformar el corazón de quienes la acogen en verdad. Nunca se queda vacía, sin sentido. Con deseo sincero de acogerla y de dejar que nos transforme, escuchamos las llamadas del Padre: Escucha, conviértete, cumple mi mandamiento, ámame en el hermano, vive y practica la misericordia, anda y haz tú lo mismo.

Lectura del libro del Deuteronomio.

Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Escucha la voz del Señor, tu Dios, observando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el libro de esta ley, y vuelve al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir:
“¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”. Ni está más allá del mar, para poder decir: “¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?”.
El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas».

Salmo responsorial: Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37 (R/.: cf. 33)

R/.   Humildes, buscad al Señor,
        y revivirá vuestro corazón.

         V/. Mi oración se dirige a ti,
Señor, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia;
por tu gran compasión, vuélvete hacia mi.   R/.

V/.   Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.   R/.

V/.   Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.   R/.

V/.   Dios salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.   R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

CRISTO Jesús es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres,
visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él y para él
quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Aclamación al Evangelio:

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida;
tú tienes palabras de vida eterna.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, se levantó un maestro de la ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
Él le dijo:
«¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
El respondió:
«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”».
Él le dijo:
«Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús:
«¿Y quién es mi prójimo?».
Respondió Jesús diciendo:
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
Él dijo:
«El que practicó la misericordia con él».
Jesús le dijo:
«Anda y haz tú lo mismo».

Oración de los fieles, respondemos: “PADRE, AYÚDANOS”

  • Por la Iglesia, casa común y de acogida de todos los que buscan, para que sepa acoger sin temor, practique la misericordia y la compasión con los que la necesitan. Oremos.
  • Por nuestra humanidad y por nuestro mundo, para que todas las naciones se entiendan y  todos los pueblos descubran el bien común.
  • Por nuestra sociedad, para que practique el diálogo, la comprensión y la estima de los otros y la aceptación de los que son y piensan distinto.
  • Por los hombres y mujeres que dedican su vida o parte de ella a los más desfavorecidos y marginados, para que gocen de la felicidad que supone servir y ayudar a los demás.
  • Por nuestro planeta, para que colaboremos a su cuidado con un consumo justo y no caigamos en la indiferencia ante los expolios y la depredación.
  • Por los desencantados y desanimados de nuestra sociedad, para que no cedan ante los problemas que les acosan y busquen en la solidaridad la reconstrucción de nuestro mundo.
  • Por todos nosotros, para que acojamos, escuchemos y pongamos en práctica la Palabra que Dios nos ha regalado.

Después de la comunión:

Señor, no quiero pasar de lejos
ante el hombre herido en el camino de la vida.
Quiero acercarme
y contagiarme de tu compasión
para expresar tu ternura,
para ofrecer el aceite que cura heridas,
el vino que recrea y enamora.

Tú, Jesús, buen samaritano,
acércate a mí,
como hiciste siempre.

Ven a mí para introducirme en la posada de tu corazón.
acércate a mí,
herido por las flechas de la vida,
por el dolor de tantos hermanos,
por los misiles de la guerra,
por la violencia de los poderosos.

Sí, acércate a mí,
buen samaritano;
llévame en tus hombros, pues soy oveja perdida;
carga con todas mis caídas,
ayúdame en todas mis tribulaciones,
hazte presente en todas mis horas bajas.

Ven, buen samaritano,
y hazme a mí tener tus mismos sentimientos,
para no dar nunca ningún rodeo
ante el hermano que sufre,
sino hacerme compañero de sus caminos,
amigo de tus soledades,
cercano a tus dolencias,
para ser, como Tú, «ilimitadamente bueno»
y pasar por el mundo «haciendo el bien»
y «curando las dolencias»