Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

Ambientación

La Palabra de Dios, en este domingo, nos lanza un reto: ¿en qué Dios creemos?, porque los que estamos aquí creemos en Dios. Y no es una pregunta retórica, todos debemos responderla de forma personal. No basta con la respuesta de los que nos rodean o de nuestros familiares. Si Dios significa algo o mucho en mi vida, ¿en qué se expresa, dónde se manifiesta, cómo incide en mi día a día personal?

Bienvenidos a la fiesta del banquete del Dios de la misericordia.

Rito del perdón:

  • Tú que siempre nos buscas porque nos amas. Señor, ten piedad.
  • Tú que sufres cuando nos alejamos de ti. Cristo, ten piedad.
  • Tú que quieres que vivamos en tu presencia. Señor, ten piedad.

 Ambientación a la Palabra:

La primera lectura nos presenta a Dios irritado y amenazante por la desobediencia de su pueblo, pero, por la intercesión de Moisés, se “arrepiente” de su amenaza.  En el Evangelio, Jesús lleva hasta el final la imagen verdadera de Dios: no solo “se arrepiente” porque quiere que el hombre viva, sino que nos busca, nos perdona y nos da el abrazo de Padre. San Pablo, en la segunda lectura, nos hablará de su propia experiencia de haber sido perdonado por Dios, a pesar de que él había sido un pecador.

Exodo 32, 7-11. 13-14

En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
–Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»
Y el Señor añadió a Moisés:
–Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.
Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios:
–¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Salmo 50: Me pondré en camino adonde está mi padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.

Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. R.

Primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 1, 12-17

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor
que me hizo capaz, se fió de mí
y me confió este ministerio.
Eso que yo antes era un blasfemo,
un perseguidor y un violento.
Pero Dios tuvo compasión de mí,
porque yo no era creyente
y no sabía lo que hacía.
Dios derrochó su gracia en mí,
dándome la fe y el amor cristiano.
Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo:
Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores,
y yo soy el primero.
Y por eso se compadeció de mí:
para que en mí, el primero,
mostrara Cristo toda su paciencia,
y pudiera ser modelo de todos
los que creerán en él y tendrán vida eterna.
Al rey de los siglos,
inmortal, invisible, único Dios,
honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio según San Lucas 15, 1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
–Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
–Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles:
–¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
También les dijo:
Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
–Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces se dijo:
–Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello, y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
–Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
–Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó:
–Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
–Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo:
–Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Oración de los fieles, respondemos: ¡SEÑOR, VEN EN AYUDA DE TUS HIJOS!

  • Por la Iglesia, formada por todos los bautizados en Cristo, para que seamos en medio del mundo, como una lámpara que brilla en un lugar oscuro.
  • Por el Papa Francisco, para que cumpla acertadamente su misión de alentar la caridad de cada Iglesia y confirme en la fe a todos los creyentes.
  • Por cuantos están comprometidos con la transformación del mundo, para que hagan realidad ese mundo nuevo que Cristo proponía con la llegada del Reino de Dios.
  • Por cuantos se sienten culpabilizados, para que descubran que Dios no es un juez, sino un Padre que los busca como hijos que son.
  • Por cuantos han abandonado el seguimiento de Cristo, para que Dios les ayude a superar sus dudas y les facilita el regreso a la casa del Padre.
  • Por todos los que nos hemos reunido a celebrar el banquete de la fraternidad preparado por el Padre bueno, para que nos acerque a Él y a los hermanos. Oremos

Después de la comunión:

Señor, danos a todos nosotros
la alegría del perdón.
Que no busquemos tanto
las heridas que nos queman
como la posibilidad de curarlas.
Que se nos rompa el corazón
cuando el otro o los otros se alejan de mí
y nos preguntemos siempre
quién se ha alejado de quién.
Haznos pastores de los demás,
los de cerca y los de lejos.
Ayúdanos a rebuscar por las esquinas
hasta encontrarnos en el abrazo
y en la alegría común.

Amén.