DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO – B

Ambientación inicial:

Jesús no pertenece al pasado. Pertenece a un presente que atraviesa todos los tiempos. Él sigue caminando por los mismos caminos que nosotros transitamos. No tengamos vergüenza en gritarle que se detenga a nuestro lado. Lo hará. No tengamos reparo en pedirle la luz de la fe. Nos la regalará. No tengamos miedo a caminar tras sus pasos. Viviremos con más luz, seremos más libres.

Bienvenidos a la celebración de la fe en comunidad.

Ambientación a la Palabra:

La vida siempre es camino, de la esclavitud a la libertad, de la oscuridad a la luz. En la primera lectura, el profeta Jeremías anuncia un nuevo éxodo; será el éxodo de la esclavitud hacia la libertad. En el evangelio, el ciego de Jericó también iniciará un  éxodo que va desde la oscuridad a la luz. Con Jesús todo es posible. Él es la liberación y la luz prometida. Hoy te pregunta ¿qué quieres a que haga por ti?

Oración de los fieles, respondemos: ABRE NUESTROS OJOS, SEÑOR.

  • Deseamos, Señor, que te acerques a nuestras vidas y nos cures las cegueras que nos impiden ver la vida como Tú la ves.
  • Deseamos ser cristianos, seguidores tuyos que, como Tú, escuchan el grito de los que sufren y no pasan de largo.
  • Ayuda a nuestra comunidad y a toda la Iglesia, a redescubrir tu rostro y la belleza del Evangelio.
  • Danos ojos abiertos para ver a todos las personas caídas al borde del camino de la vida. Danos sensibilidad para detenernos y escuchar, y generosidad para ayudar.
  • Deseamos poner nuestras manos y todas nuestras capacidades al servicio de los hermanos, danos la fuerza del Espíritu para que no nos quedemos en palabras y buenos deseos.
  • También te pedimos para que los objetivos, planteados en Asamblea Parroquial, nos ayuden a vivir con mayor entrega y alegría nuestra identidad cristiana.

Después de la comunión:

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva;
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprende, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo
(¡tantos me dicen que estás muerto!…).
Tú que conoces el desierto,
dame tu mano y ven conmigo.