DOMINGO XXXII

Ambientación inicial:

La Eucaristía nos reúne como comunidad para llenarnos de la Palabra, del Alimento, de la Fuerza de Dios Padre, para hacernos partícipes  de una vida plena, de fiesta y de relación, donde todos podamos vivir como hijos queridos.

Mientras vamos de camino, esperando la vuelta del Señor, marchemos con las lámparas encendidas y el corazón lleno de amor. Bienvenidos.

Rito del perdón:

  • Por las veces que caminamos por la vida dejando a otros tirados en la cuneta. Señor, ten piedad.
  • Por las veces que nos puede el conformismo, las dudas y vivimos encerrados en nuestro yo. Cristo, ten piedad.
  • Porque nos dejamos enredar por las cosas y nos olvidamos de tu amor. Señor, ten piedad.

 Ambientación a la Palabra:

La palabra de Dios viene a nosotros, como la lluvia cae en la tierra para empaparla y que de fruto, para que la acojamos y nos ayude a ser luz del mundo. Dios nos regala su sabiduría, que enseña a ser sensatos, prudentes, hábiles y observadores; nos hace compartir su mismo destino y activa todas nuestras capacidades para que atentos a su presencia lo sepamos mostrar a los hermanos.

Oración de los fieles:

  • Por la Iglesia universal, para que siga manteniendo una actitud vigilante ante la voluntad del Señor y así muestre su luz ante un mundo distraído e indiferente. Roguemos al Señor.
  • Por aquellos que creen que la fe solo sirve para preparar una buena muerte, para que el Espíritu les mueva a considerar la buena vida que brota de la apertura a Dios y a los demás. Roguemos al Señor.
  • Por todos nosotros, para que desarrollemos nuestras capacidades y talentos en servir a los hermanos marginados y fuera del bienestar. Roguemos al Señor.
  • Por las personas que viven agobiadas ante el hecho de la muerte, para que nuestro Señor les mueva a la fe y a la confianza de saberse parte de la alegría eterna. Roguemos al Señor.
  • Por los que viven en la superficialidad y la indiferencia, para que se dejen interpelar por los que viven en el sufrimiento y el abandono. Roguemos al Señor.

 Después de la comunión:

Señor, que vea…
… que vea tu rostro en cada esquina.
Que vea reír al desheredado
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.

Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea como la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en el otro vea a mi hermano,
porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares sin ti.
Señor, que vea…
… que vea tu rostro en cada esquina.