ORACIÓN MIÉRCOLES SANTO

En este rato de oración queremos prepararnos a celebrar el triduo pascual; no será como otros años,
el confinamiento nos retiene en nuestras casas, pero desde la distancia vamos a orar juntos, para que, aunque
lo externo sea muy distinto, que interiormente profundicemos nuestro encuentro con nosotros mismos y con
Dios.
Celebrar el Misterio Pascual de Cristo, su Muerte y Resurrección, es acercarnos a la experiencia del
AMOR de Dios por el hombre y la mujer; un amor apasionado que tiene como fruto la VIDA NUEVA en
Cristo.
El Triduo Pascual, quiere decir, “triduo del paso” del Señor, y celebrar el Triduo Pascual, es
dejar que Dios pase por mi vida y sumerja en las aguas profundas mis esclavitudes. La vida de cada persona
tiene necesidad de liberación. Celebrar este Triduo Pascual es decir a Dios: “te doy permiso para que pases
por mi vida.

1.- JUEVES SANTO

Estamos aquí, como los discípulos en el cenáculo, reunidos en torno a Jesús, contemplando conmovidos el momento supremo en que nos deja su presencia en la Eucaristía, expresión de su entrega; el mandamiento nuevo: ¡amaos como yo os he amado! Y lavando los pies a los discípulos nos invita a vivir en el servicio generoso que crea fraternidad.
Todo es un misterio de amor extremado, que le lleva desde lavarnos los pies hasta entregarnos su cuerpo y su sangre. El Jueves Santo nos invita a tener intimidad con Él y a cenar con Él. Y nos manda hacer lo que Él hizo, vivir en el amor y servir con amor.

LECTURA Juan. 13, 1-15 Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.   Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto y, se puso a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.  Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús le replicó: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. Simón Pedro le dijo: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos”. (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”).  Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ‘El Maestro’ y ‘El Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”.

Música

Cenar con los amigos, 
abrirles el corazón sin miedo, 
lavarles los pies con mimo y respeto,
hacerse pan tierno compartido
y vino nuevo bebido.
Embriagarse de Dios,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Visitar a los enfermos,
cuidar a ancianos y niños,
dar de comer a los hambrientos
y de beber a los sedientos;
acoger a emigrantes y perdidos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Enseñar al que no sabe,
dar buen consejo al que lo necesita,
corregir al que se equivoca.
Consolar al triste,
tener paciencia con las flaquezas del prójimo.
Pedir a Dios por amigos y enemigos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Trabajar por la justicia, desvivirse en proyectos solidarios,
superar las limosnas.
Amar hasta el extremo,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Ofrecer un vaso de agua,
brindar una palabra de consuelo,
abrazar con todas nuestras fuerzas,
denunciar leyes injustas, salir de mi casa y círculo.
Construir una ciudad para todos,
e invitar a todos a hacer lo mismo.
Un gesto solo, uno solo, desborda tu amor,
que se nos ofrece como manantial de vida.
Si nos dejamos alcanzar y lavar,
todos quedamos limpios,
como niños recién bañados,
para descansar en su regazo,
¡Lávame, Señor! ¡Lávanos, Señor!

VIERNES SANTO

Cristo, siendo inocente,
se entregó a la muerte por los pecadores
y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales.
De esta forma, al morir,
destruyó nuestra culpa y, al resucitar, fuimos justificados.

LECTURA
ISAÍAS  52, 13 – 53, 12
Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos,  ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo  inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio?, ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos,  ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,  triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron,  ¿quién meditó en su destino? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados, y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,  y entregar su vida como expiación; verá su descendencia, prolongará sus años,  lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte,  y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Canto: “Perder la vida…”

En esta tarde, Cristo del Calvario,
Vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
Cuando tienes rasgado el corazón?
Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas las dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo la llave santa de tu santa puerta.

3.- SABADO SANTO

Lectura de Os 6, 1-3
Esto dice el señor: En su aflicción me buscarán, diciendo: “Volvamos al Señor, Él, que nos despedazó, nos sanará; él que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará, y al tercero nos levantará, y viviremos en su presencia.

Silencio oracional

¡Quédate con nosotros, Jesús…!
Cuando se apague nuestra fe,
cuando no veamos tu rostro…
¡Quédate con nosotros, Jesús…!
en los momentos de desengaño,
de dolor y confusión…
¡Quédate con nosotros, Jesús…!
cuando fracasemos,
cuando sintamos miedo,
cuando queramos huir y abandonar todo…
¡Quédate con nosotros, Jesús…!
cuando nos sintamos débiles,
y la vida nos pese demasiado…
¡Quédate con nosotros, Jesús…!
cuando nuestro corazón se enfríe,
nos sintamos vacíos,
y nos cansemos de la gente…
¡Quédate con nosotros, Jesús…!
porque es de noche…
y tu presencia nos llena de vida…
y queremos vivir siempre contigo…