ORACIÓN VIERNES SANTO En la cruz con María

Ambientación:

Hoy hemos acompañado a Jesús hacia la cruz. A un Jesús roto, crucificado, muerto. Junto a Él ha estado María, en silencio, sin hacerse notar, como estuvo todos estos años. A su lado está Juan, el discípulo amado, representado a cada uno de los creyentes.
Estamos aquí para acompañar a María, para intentar comprender un poco la razón y el sentido de esta muerte sin sentido. Será María la que, desde su amor, dolor y esperanza de madre, nos haga profundizar en el sentido de lo que ha pasado.  

Del evangelio de Lucas:

Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan o se levanten. Él será una señal que muchos rechazarán, a fin de que las intenciones de muchos corazones queden al descubierto. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese el alma.

Silencio con música suave…

Oración:
Señor, Jesús, Hijo amado del Padre,
venimos a ti que, crucificado,
abres tu corazón a la humanidad.
Ahora sabemos que nos amas en serio,
ahora vemos que te tomaste tan en serio
tu amor a todos que,
colgado en una cruz,
amas y perdonas a todos.
Señor, Jesús, gracias por tu crucifixión,
gracias por ser tan nuestro.
Ahora te vemos crucificado
en tantas situaciones en que
los hombres y mujeres viven la cruz
en los campos de refugiados,
en las cárceles, en los hospitales,
en tantos y tantos
que mueren sin tu amor.

Evangelio según San Juan:
Jesús, al ver a su madre y, junto a ella, al discípulo que él tanto quería, dijo a su madre:
– Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Después dijo al discípulo:
– Ahí tienes a tu madre.

Reflexión:
            Aquel pequeño grupo al pie de la cruz, aquella Iglesia naciente, estaba, pues, allí por algo más que por simples razones sentimentales. Estaba unida a Jesús, pero no sólo a sus dolores, sino también a su misión. Y, en esta Iglesia, tiene María un puesto único. Hasta el momento esa misión había estado en la penumbra. Ahora es traída a primer plano. Es la hora en que María ocupa su papel en la obra redentora de Jesús.
            En la cruz, Jesús hizo mucho más que preocuparse por el futuro material de su madre, dejando en manos de Juan su cuidado. Es  esta Iglesia y a esta humanidad  a quienes se les da una madre espiritual.
            Este es el gran legado que Cristo concede desde la cruz a la humanidad. Esa es la gran tarea que, a la hora de la verdad, se encomienda a María. Es como una segunda anunciación. Hace treinta años un ángel la invitó a entrar por la puerta de la hoguera de Dios. Ahora, no ya un ángel, sino su propio hijo, le anuncia una tarea más empinada: recibir como hijos de su alma a quienes son asesinos de su primogénito.
            Y ella acepta. Aceptó, hace ya treinta años, cuando dijo aquel “fiat”, que era una total entrega en las manos de la voluntad de Dios. Y esta tarde llena dramatismo, se produce un nuevo engendramiento. Madre de la Iglesia.

Silencio y reflexión…

Oración:
Lector:
Por causa de ese Hombre, el más totalmente humano, tú eres la bendita entre todas las mujeres. Madre de todas las madres, dulce Madre nuestra.
Todos:
Tú eres la bendita entre todas las mujeres.
Lector:
Cansados  o perdidos, necesitamos, Madre, tu agasajo, sombra clara de Dios en toda cruz humana, divina canción de cuna en todo sueño humano.
Todos:
Tú eres la bendita entre todas las mujeres.
Lector:
Queremos ser discípulos amados, ¡oh Maestra del evangelio! Queremos se herederos de Jesús, oh Madre, vida de la Vida!
Todos:
Tú eres la bendita entre todas las mujeres.

Junto a la cruz estaba su madre:
            María estaba allí. ¿Dónde iba a estar sino? ¿Dónde va a estar una madre, si no al lado del hijo que sufre? Las madres siempre os encontráis junto a la cruz de los hijos, y tú, María, no fuiste una excepción.
            Nadie de los amigos o conocidos quiso estar allí. Sólo tú, la madre, el discípulo amado y las tres mujeres se hicieron presentes. La escena evangélica está llena de simbolismo: Todo nacimiento es sufrimiento. Todo amor es dolor. Toda maternidad es dar y entregar. Desde el dolor de la cruz, reafirmaste tu maternidad. Allí nos diste a luz a todos los creyentes. No podía ser de otra forma. Allí nos alumbraste a todos espiritualmente. Junto a la cruz estabas entonces, Madre, y junto a la cruz sigues estando hoy.

Silencio y oración (música suave)

Oración:
Gracias por las madres que nos has dado.
Nuestros más nobles sentimientos
los sembraron nuestras madres.
En esta hora de retos y desafíos,
las madres necesitan de tu ayuda.
Que la Virgen Madre las llene de fortaleza.
Que sigan luchando por la justicia
y que confíen en el Dios de los pobres.
El Dios que quiere pan en todas las mesas
y paz en todos los hogares.
El Dios que destruye el poder corrompido
y protege a los indefensos y humillados.
Ilumina la vida de nuestras madres.
Premia sus desvelos y trabajos.
Da paz a las madres ya difuntas.
Bendice a todos los hogares.
Y que los hijos sean siempre gloria y corona de las madres.

Canto final