I DOMINGO DE ADVIENTO

Saludo del sacerdote:

Hermanas y hermanos, con las mismas palabras que el apóstol Pablo va a dirigirnos en la segunda de las lecturas, os saludo ahora: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor, Jesucristo, estén siempre con nosotros.

Ambientación inicial:

Comenzamos hoy el nuevo año litúrgico con la celebración del tiempo de Adviento.
Comenzaremos encendiendo el primero de las cuatro velas, que adornan la  corona de Adviento.
La corona de Adviento expresa la expectación propia del tiempo de Navidad. Su color verde es signo de esperanza, las velas quieren recordarnos que Cristo es la luz del mundo y su forma redonda nos remite a la eternidad.

La corona de Adviento expresa, pues, que la luz y la vida triunfarán sobre la tiniebla y la muerte. Todo ello manifiesta nuestro deseo de que él venga a transformar nuestras vidas, a liberarnos de la apatía. Abrámonos a su llegada.

Bendición de la corona/as (si traen los feligreses de sus casas) de Adviento:

Escucha, Padre bueno, nuestras súplicas. Bendice ( ) estas coronas de Adviento y, al bendecirlas, bendícenos también a nosotros como comunidad. Danos tu paz, tu amor, tu unidad. Ayúdanos a vencer las tentaciones del consumo que nos adormecen, del miedo que nos hace agresivos, de la ceguera que nos aísla. No nos dejes caer en el pecado que nos aparta de ti, antes bien ayúdanos a preparar la venida de tu hijo, Jesucristo, luz del mundo, para que ilumine nuestra vida y nos guíe por el camino de la verdad y del bien. (Se rocía la corona con agua bendita y se enciende la primera vela).

Encendido de la primera vela:

Como quien enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene, en esta primera semana del Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría.

Muchas sombras nos envuelven. El planeta está seriamente amenazado. Muchos alagos y promesas nos adormecen, pero no acaban de cumplirse. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tu nos traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera.
¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!

Ambientación a la Palabra

            La primera lectura, del profeta Isaías, afirma que Dios es un padre que nos libera de nuestras pobrezas, pequeñeces y errores. San Pablo nos advierte que Dios es fiel y nunca nos deja de su mano, que él nos transforma y nos da la fuerza para permanecer firmes en el seguimiento de Cristo. El evangelio nos recuerda con fuerza: Velad, el Señor está cerca. Abrid los ojos, Él está próximo. Estad atentos…no podéis dejar que pase de largo.

Oración de los fieles: “VEN, SEÑOR, JESÚS”

  • Por la Iglesia, para que la fuerza del Espíritu entre en ella y siga transformando sus estructuras organizativas y pastorales.
  • Por quienes en el mundo y en nuestro país tienen las claves de la economía y la vida política, para que no cierren las puertas a las personas más vulnerables y necesitadas.
  • Para que no cerremos nuestras fronteras a quienes llegan buscando su seguridad, su libertad y un futuro de esperanza.
  • Por las asociaciones, grupos y personas comprometidas con el cuidado de la casa común que nos muestran que es posible vivir de manera más ecológica y sostenible. Oremos.
  • ¿Para que el Señor libere a toda nuestra comunidad de la apatía, que imposibilita la transformación de nuestro mundo.
  • Para que sepamos aguzar nuestro oído interior para saber escuchar la Palabra que el Señor nos dirige.
  • Para que sepamos acoger en nuestras vidas y en nuestras comunidades a cualquiera que venga a pedirnos ayuda.

Después de la comunión:

Haz de mí, Señor, una persona sensible a todo lo humano.
Haz de mí, Señor, una persona capaz de llegar
a ese secreto donde cada hombre y mujer viven y mueren,
luchan y esperan, buscan y ansían la felicidad.
Haz de mí, Señor, una persona a quien
nada verdaderamente humano le deje indiferente.
Haz de mí, Señor, una persona tan evangélica
y seguidora de Jesús, que se estremezca
ante el dolor y las lágrimas  de personas que lloran,
ante la ilusión y la esperanza
de los que sueñan caminos nuevos.
Haz de mí, Señor, una persona que ame al mundo
y los problemas de la humanidad.