II DOMINGO DE ADVIENTO

Ambientación inicial:

El Adviento es una llamada a la esperanza para encarar con buen ánimo el futuro. Es una llamada a la conversión, a un cambio de actitud, para que dejemos de mirar siempre al pasado y nos situemos en el presente, comprometidos con lo que de ahora en adelante hay que hacer, con lo que tenemos que hacer entre todos, para que el mundo y la vida sean como Dios desea. Bienvenidos a la celebración.

 Saludo del sacerdote

 Encendemos la segunda vela:

Los profetas mantuvieron encendida la esperanza de Israel.
Nosotros, como símbolo, encendemos estas dos velas.
Se escucha la voz del profeta:
“Yo envío mi mensajero delante de ti.
Preparad el camino al Señor”.
No son palabrería falsa y ocurrente
Sino palabra sabia de quien sabe escuchar:
“Detrás de mi viene el que puede más que yo”.
Tu Palabra, Señor, es tu vida hecha carne en Jesús
que nos dará palabras nuevas
y las pondrá en nuestra boca.
¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

 Ambientación a la palabra:

            El Adviento es tiempo de esperanza y de compromiso. El profeta consuela y anima a su pueblo para que afronte con esperanza el futuro glorioso que le espera. Lo mismo que hace Pedro con los cristianos, ante el nuevo cielo y la nueva tierra que esperamos. En el evangelio, Juan Bautista nos llama a la conversión, porque el Reino de Dios ya ha llegado en Jesús, y su desarrollo descansa ahora en nuestras manos.

Oración de los fieles:

  • Por el papa Francisco, los obispos, los sacerdotes y toda la comunidad de la Iglesia, para que vivamos en permanente actitud de conversión y abramos caminos para que las gentes puedan reconocer al Señor.
  • Para que entre todos los hombres y mujeres de buena voluntad hagamos posible una paz fundada en el amor y la justicia.
  • Para que los pobres y los que sufren, viendo nuestro modo de vivir, recuperen la esperanza en la posibilidad de un mundo nuevo donde reine la justicia.
  • Por todos los que celebramos la Eucaristía, para que con nuestra vida anticipemos los valores del Reino.
  • Para que todos nosotros vivamos lo que anunciamos, compartamos nuestra vida y seamos consuelo para otros.

 Después de la comunión:

Ven, Señor, y levanta nuestros ánimos abatidos.
Ven, Señor, y enciende nuestras ilusiones marchitas
Ven, Señor, y aviva nuestra caridad y nuestro compromiso.
Ven, Señor, porque solo así podremos correr a tu encuentro,
facilitar el camino a los que te buscan sin saberlo,
animar la marcha de los que caminan con dificultad,
y reunirnos todos, contigo, en tu Reino.
¡Ven, Señor, no tardes!