SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ambientación inicial:

Comenzamos el tiempo ordinario de la liturgia, en él no celebramos ningún misterio particular de nuestra fe, sino el gran misterio de cómo el Señor se hace presente en la vida cotidiana.

Un domingo más somos convocados por Jesús para escuchar su Palabra y sentarnos a su mesa. En esta asamblea expresamos nuestra comunión eclesial y damos gracias a Dios porque Él es el motivo de nuestra alegría y esperanza. El Señor Jesús cuanta con nosotros para mostrar el Evangelio. Bienvenidos.

Rito penitencial:

  • Porque vivimos con poca alegría y esperanza. Señor, ten piedad.
  • Porque no somos suficientemente agradecidos con los dones que tu nos bendices. Cristo, ten piedad.
  • Porque muchas veces nos callamos ante la injusticia y no anunciamos la Buena Noticia. Señor, ten piedad.

Ambientación a la Palabra:

En la primera lectura, el profeta Isaías profetiza la realización de un matrimonio, la alianza de amor de Dios hacia Jerusalén y los israelitas. San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de los carismas, de los dones que tiene cada uno, porque el Espíritu se los ha dado, para el bien de toda la comunidad. En el Evangelio se nos proclama el milagro  de las bodas de Caná; María atenta a lo que pasa se lo expone a su Hijo e invita a los criados a hacer lo que él les diga.

Oración de los fieles:

  • Por la Iglesia, para que movida por el Espíritu Santo continúe la construcción del Reino de Dios y trabaje por la re-creación del mundo en que vivimos.
  • Por los políticos y los organismos internacionales, para que adopten todas las medidas necesarias para proteger a los migrantes y afronten de raíz los problemas que provocan la migración. Oremos
  • Por todos los fieles y comunidades cristianas extendidas por el mundo, para que sean luz para nuestro tiempo, trabajando por la justicia y la fraternidad.
  • Por los novios y por los esposos, por todas las familias, especialmente por las que tienen más dificultades.
  • Por todos nosotros aquí reunidos, para que nuestros ojos estén atentos y nuestros corazones abiertos a dar respuesta apropiada a las necesidades de nuestros hermanos. Oremos.

Después de la comunión:

Dios no es un agua-fiestas. Todo lo contrario.
Dios convierte el agua en vino.
Dios es alegría.
Que no se pierda un brote de alegría,
que siempre en nuestras vidas haya algo que celebrar,
que no se acabe el vino de la fiesta,
que las inolvidables canciones nunca dejen de sonar.
Pues la vida, para Dios,
es una boda en la que quiere unir a todos sin  final.
Vengan niños y mayores, acérquense los que están lejos,
rían los tristes, coman sin vergüenza los hambrientos.
Que en la boda de Dios no hay invitados,
pues todos somos familia y unos de otros hermanos.
Ya no importa quien se case,
pues Dios quiere prender en todos
esa chispa del amor más suyo,
sin gusto por los buenos y los sanos
y amante del enfermos y del más malo